Ya sabéis, después de 20 cartas, que me dirijo a Melchor, mi favorito.
A ver, Mel, en estas fechas sería muy fácil felicitarte las navidades, mandarte la típica postal de la foto del arbolico con los cuatro regalos de mierda y esperar tu no respuesta. También sería demasiado sencillo sentarme en algún centro comercial a charlar con algún gilipollas de esos que te imitan y contarle todo lo que me ocurre, hablar de las peleas en casa, de mi enfermedad, de lo desdichada que soy en el amor o de contar amigos con una mano y que sobren casi todos los dedos. Pero no lo voy a hacer, no voy a darle ese gusto a nadie. He aprendido a ahorrar detalles, a escuchar.
Estos días los he pasado en la aldea y bien sabes que desde que murió aquel asqueroso acosador, me encanta estar allí. Quizá porque a -10ºC todo se ve de otro color, quizá porque es un lujo poder encontrar hoy en día lugares donde quedarte incomunicada. Enloquezco caminando por sus calles mientras observo embobada las casas de piedra abandonadas. Conducir por carreteras desiertas es un verdadero privilegio. Este año dormí en la cama de mi verdugo y vencí mis miedos sin tu ayuda, a pesar de haberla pedido mil veces.
No estoy disfrutando de estas fiestas y eso es bueno, cuanto menos disfrute, más trabajaré y más fácil será cumplir sueños en Enero. ¿Ves? si te das cuenta, no me vales para nada, pedirte salud si no me cuido yo, es algo absurdo. Pedirte dinero, si no trabajo yo, es una gilipollez. Y el amor... el amor es cosa de dos y tú sobras.
Creo que no te voy a pedir nada, te mandaré esta carta para que sepas lo inútil que eres. Para que comprendas bien la mucha ilusión que nos falta y los kilos de fe que se han perdido. Ya, ya sé que este mundo no está pa´ milagros, que somos muchos y la envidia es muy mala pero dejad entonces de ir tocando los cojones. Me despido de ti para siempre... Mel, espero que me comprendas.
Esta vez no hay vuelta atrás… yo seré mi reina maga.
Un abrazo, hasta siempre.

