
Me encanta bailar contigo. Recuerdo aquellas primeras clases en las que ponías en duda mi capacidad, mi profesionalidad. Por aquel entonces no había día en que no te bloquearas e intentases marcar ritmos sin armonía, agarrándote fuerte a mis manos y enfadándote si me pisabas sin querer.
- Simplemente siente la música...
- Las murallas no me dejan oír.
Bien es cierto que no han sido muchas las clases que hemos dado desde entonces, pero ya tienes aprendida la posición inicial y, de manera automática, abarcas un arco dejando un hueco entre las dos, espalda recta, cabeza alta, te apoyas en mi hombro y esperas el primer compás para ejecutar alguno de los pocos pasos aprendidos.
- Todavía sigues sin dejarte llevar...
- Esto es nuevo para mí...
Resignada agarro con fuerza tu cintura y prohíbo cualquier centímetro de distancia entre las dos, te bloqueas y todo lo aprendido desaparece, me pisas, te enfadas, me agarras, das vueltas y caes. Con delicadeza te levanto, te miro, sonrío y volvemos a empezar. Un, dos, tres... un, dos, tres. Me pisas, me enfado, me miras, sonríes y volvemos a empezar. Un, dos, tres... un, dos, tres.
- Te sale, lo haces, ¡lo estás haciendo!
- No es normal, yo nunca supe bailar...
Felices seguimos bailando, seguimos marcando el ritmo, te dejas llevar y sin previo aviso introduzco un paso nuevo. Un, dos, tres... cuatro. Te paras. Me miras en silencio.
- Necesito asimilar...
- Sé que serás la mejor de mis alumnas.
- Antes sabía moverme muy bien...
- Moverse no es bailar.
Un, dos, tres... un, dos, tres... un, dos, tres... cuatro.



